La aniquilación del espacio público y el segundo asesinato de Carlos Manzo

 


Del poder al miedo: el caso Manzo y la desaparición de lo político.

Cuando observamos el asesinato de Carlos Manzo en Uruapan, es fácil caer en la trampa de analizarlo simplemente como un fracaso de la seguridad o un acto más de la brutalidad criminal. Pero si lo miramos con una lente filosófica, específicamente a través del pensamiento de Hannah Arendt, lo que vemos es algo mucho más profundo y aterrador: no fue un acto político, sino la aniquilación calculada del espacio político mismo.

Arendt nos enseñó a hacer una distinción crucial entre "poder" y "violencia". La violencia es instrumental, usa la fuerza para imponer una voluntad, es muda y destruye. El poder, en cambio, no se posee; surge. Nace cuando la gente se reúne en un espacio público para actuar en conjunto, para debatir, persuadir y crear consenso a través de la palabra. El poder es la legitimidad que emana de esa acción colectiva.

Desde esta perspectiva, el crimen organizado no ejerce "poder". Ejerce violencia pura. Su control territorial no se basa en el consenso, sino en la administración del miedo.

Lo que Carlos Manzo estaba intentando hacer, más allá de si lo vemos como un héroe, un provocador o un manipulador mediático, era fundamentalmente un acto político. Al tomar la plaza pública, al transmitir sus patrullajes, al nombrar a los criminales y al intentar movilizar a la ciudadanía, estaba intentando hacer lo que Arendt llama "acción": estaba iniciando algo nuevo, apareciendo ante los demás en la esfera pública para, a través de hechos y dichos, construir un poder colectivo. Estaba tratando de refundar un espacio público que el miedo había vaciado.

El asesinato fue la respuesta instrumental de la violencia ante esa acción política. El objetivo de la bala no era "debatir" el proyecto de Manzo; era eliminar al actor y, con él, la acción que había iniciado. Fue la demostración brutal de que la violencia puede destruir el poder. Al matarlo en público, el mensaje es claro: no aparezcan, no hablen, no actúen en conjunto. Es un acto diseñado para atomizar a la sociedad, para forzar a cada individuo a regresar al aislamiento de su miedo privado, donde la acción política colectiva es imposible.

Aquí es donde reside el verdadero desafío para el Estado. Si el Estado responde a esta aniquilación del poder político solamente con más violencia —más militares, más fuerza bruta— está cayendo en la misma lógica de su adversario; este camino, ya lo andamos con Calderón. Asimismo, estaría admitiendo, en la práctica, que ya no tiene "poder" (legitimidad, consenso), sino que solo le queda el instrumento de la "violencia" (fuerza). Y aunque la violencia puede ganar una batalla, nunca, como diría Arendt, puede crear poder.

La única respuesta verdaderamente política, la única consecuente, es entender que la tarea principal no es vengar a Manzo, sino reconstruir las condiciones para que surjan mil “Manzos” más. La respuesta del Estado debe ser usar su fuerza instrumental (la policía, el ejército) no como un fin en sí mismo, sino para un solo propósito: proteger el espacio público, proteger la palabra, proteger el derecho de los ciudadanos y sus representantes a "aparecer" y actuar en conjunto sin ser asesinados. La verdadera victoria no es un capo arrestado; es una plaza pública donde la gente pueda volver a hablar sin miedo y ahí es en donde ni el gobierno de Claudia Sheinbaum ni la 4T quieren entrar, porque conlleva el establecimiento de condiciones adecuadas para que aflore el verdadero poder de la política que exige pluralidad, equilibrio, diálogo, alternancia y la posibilidad real de que surjan nuevos concesos colectivos que bien podrían arrebatarles el poder y su narrativa. Ahora vendrá el segundo asesinato de Manzo por parte del Estado: aniquilar su legado mediante discursos vacíos y acciones burocráticas que solo buscarán que el tiempo debilite el poderoso mensaje de su asesinato. 

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