La cultura popular y vulgar como puño de defensa política


Por: Eduardo Vázquez Chávez

Es imposible entender la cohesión actual de la identidad latina en Estados Unidos —y por extensión, su eco en toda Latinoamérica— sin observar el extraño espejo que se formó entre dos figuras antagónicas: Donald Trump y Bad Bunny. A primera vista, parecen habitar universos inconexos; uno desde la retórica del poder ejecutivo y el nacionalismo blanco, y el otro desde el hedonismo del trap y el reguetón. Sin embargo, sociológicamente, son la causa y el efecto de un mismo fenómeno. La ascensión de Benito Martínez como ícono global no es solo un triunfo de la industria musical; después del Super Bowl está pasando a ser la respuesta visceral y política a la era del trumpismo.

Durante décadas, la estrategia de las minorías latinas frente a la hostilidad política en el norte fue la llamada "política de la respetabilidad". La idea era sencilla y aspiracional: para ser aceptados, debíamos ser impecables. Hablar un inglés perfecto o un español "de academia", vestir con decoro, trabajar el doble y quejarnos la mitad. Era una apuesta por la asimilación. Pero cuando Donald Trump ascendió al poder en 2015 y etiquetó a toda una demografía como criminales y violadores, esa diplomacia del buen comportamiento se hizo pedazos. Quedó claro que, para el nativismo radical, no importaba si eras un catedrático o un indocumentado; la condena era hacia el origen, no hacia la conducta.

Ante esa pared, la respuesta cultural no podía ser la corrección; tenía que ser la disrupción. Aquí es donde Bad Bunny se convierte, quizás involuntariamente por su naturaleza vulgar y popular, en un aglutinador político. Su propuesta estética y lingüística es la antítesis del "buen inmigrante". Al "destruir" el lenguaje —suprimiendo las eses, arrastrando las vocales, imponiendo la jerga cerrada del barrio puertorriqueño en los altavoces de todo el planeta—, Bad Bunny no está simplemente haciendo música; está ejerciendo soberanía.

Su eficacia radica en que envía un mensaje corrosivo contra la hegemonía cultural anglosajona: no necesitamos traducirnos para ser los número uno. Frente a un poder político que exige sumisión y orden, la "vulgaridad" se transforma en una trinchera inexpugnable. Es un acto de resistencia lingüística. Si el inglés corporativo y el español neutro son los lenguajes del poder que nos rechaza, entonces el caló callejero y la lírica explícita se convierten en el idioma de la dignidad. Lo "latino" se une, paradójicamente, gracias a aquello que las élites siempre consideraron nuestra peor cara: el ruido, el caos y la falta de refinamiento.

Sin embargo, estamos obligados a mirar más allá de la euforia del momento y preguntarnos si esta estrategia es sostenible. Si bien la vulgaridad funciona como un eficaz "puño de defensa" inmediato —un golpe en la mesa que grita "aquí estamos"—, construir una identidad política a largo plazo sobre los cimientos de la rebeldía estética tiene sus riesgos.

¿Estamos cayendo en la trampa de una identidad puramente reactiva? Al abrazar la etiqueta de lo "vulgar" y lo "roto" simplemente porque es contestatario a lo que Trump representa, corremos el riesgo de validarnos únicamente a través de la negación del otro. Es una forma de defensa que, en el fondo, podría estar cimentada en una visión inferior de nosotros mismos: asumimos que la alta cultura, la complejidad intelectual y el orden institucional no nos pertenecen, y por tanto, nos refugiamos en el gueto cultural como única zona de confort.

Existe una delgada línea entre la reivindicación de lo popular y la glorificación de la ignorancia como postura política. Si nuestra única defensa ante el supremacismo es "perrear" y hablar mal, estamos limitando nuestro horizonte de lucha. Si nos conformamos con la "cultura vulgar" como único escudo, estamos siendo meramente defensivos. Estamos reaccionando al trauma de ser menospreciados, abrazando el estigma en lugar de superarlo. La verdadera revolución cultural latina vendrá cuando no necesitemos "destruir" el lenguaje para sentirnos auténticos, sino cuando seamos capaces de construir, con ese mismo lenguaje, nuevas narrativas de poder que no dependan de la mirada, ni de la aprobación, ni del desprecio de figuras como Trump.

Podríamos concluir que la pretendida actitud rebelde de Bad Bunny es necesaria para despertar el orgullo herido y para movilizar a las masas, pero no puede ser el destino final. Quedarnos ahí sería admitir que nuestro papel en la historia es ser la comparsa ruidosa del imperio, el "otro" exótico y vulgar. El verdadero desafío, el que requiere subir el nivel empezando por nosotros mismos, es transitar de la resistencia defensiva a la construcción de una nueva hegemonía, una donde lo latino no sea solo sinónimo de fiesta y rebeldía, sino de poder, pensamiento y estructura.

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