La verdadera derrota del Estado mexicano

 



El poder del narco: la verdadera derrota del Estado mexicano que se niega a ser aceptada.

En el México actual, ya no se puede hablar del narcotráfico únicamente como crimen organizado. Ese enfoque es cómodo, incluso tranquilizador, porque nos permite concebir que el problema delictivo es externo al propio Estado, es decir, que se trata de delincuentes desafiando al orden. Pero lo cierto es mucho más incómodo: el narcotráfico es hoy en día un poder paralelo que avanza y ha crecido descomunalmente por no querer ver el problema real, precisamente porque el Estado mexicano ha cedido poder y ha sido incapaz de enfrentarlo o simplemente ha pactado con la propia delincuencia.

El Estado debería ser el único con capacidad de ejercer la fuerza, imponer la ley y garantizar la vida en común. Ese es el fundamento de su legitimidad. Sin embargo, en grandes zonas del país ese papel lo ocupa el narco: da empleo, resuelve conflictos, ofrece “seguridad” —la suya, claro— y hasta financia fiestas patronales. Lo que debería ser presencia del Estado es sustituido por la autoridad del crimen. Y cuando la gente comienza a ver al cártel más eficaz que al gobierno, la derrota es más que contundente en muchos aspectos, pero, sobre todo, nos habla de una derrota moral.

Y lo más grave es que el narco no solo disputa territorios para realizar sus actos delictivos, también disputa símbolos que han permeado en la cultura. La narcocultura ha colonizado la imaginación colectiva: corridos, series, lujos ostentosos, jóvenes que sueñan con convertirse en capos antes que en profesionistas. El mensaje es claro: el poder no está en las instituciones ni en el Estado, sino en quien se atreve a retarlas. Y en un país donde las instituciones aparecen como corruptas o ineficientes, esa narrativa cala hondo.

¿Quién pierde? Pierde el Estado, que ya no es referente de justicia ni de futuro. Pero sobre todo y más importante, perdemos como sociedad, porque vamos aceptando como normal un país en el que el crimen es sinónimo de autoridad y el gobierno se reduce a espectador o cómplice que solo actúa contra la delincuencia a manera de reacción simulada por presiones externas como ahora sucede por presión de Estados Unidos. Es por lo tanto también, una derrota cultural que erosiona la identidad nacional: se difumina la idea de ciudadanía y se impone la lógica del miedo, del dinero rápido y de la obediencia armada y condicionada.

La verdadera pregunta que debemos hacernos es si México está dispuesto a seguir tolerando este Estado debilitado, o si existe aún la voluntad de reconstruir un poder legítimo que recupere el territorio y, sobre todo, el sentido ético de la vida pública no en discursos sino en hechos y acciones concretas. Mientras no se entienda que el problema del narcotráfico es, en el fondo, un problema de poder y de legitimidad, seguiremos administrando la violencia sin resolver la fractura más profunda: la del propio Estado mexicano. Ni la 4T ni su oposición, parecen entenderlo y mucho menos tienen intención de resolverlo porque tal vez incluso, es otro síntoma de gravedad: tendrían que actuar en contra de un sistema que les resulta cómodo para sus beneficios propios donde la legalidad y el ejercicio ético del poder legítimo, les resulta incómodo e inconveniente.  

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