Revolución, juventud y poder: el sentido profundo del 15N
Más allá de la represión: el México que se está reconfigurando
Foto: Eduardo Miranda
La reciente represión en la marcha del 15 de noviembre de 2025 no es un hecho aislado ni un accidente táctico: es un síntoma claro de la reconfiguración del poder en México y de la manera en que Morena ha aprendido a gobernar desde la narrativa, moldeando tanto la percepción pública como las prácticas políticas cotidianas. Lo que se mostró ese día no fue solo el uso de la fuerza, sino el tipo de orden simbólico que un proyecto político intenta consolidar cuando busca trascender su propia contingencia histórica y convertirse en un relato de Estado.
Morena ha construido su fortaleza a partir de una idea muy
sencilla pero profundamente eficaz: la política no es una disputa entre
estructuras, sino una lucha moral entre “el pueblo” y sus adversarios. Esta
visión, repetida cada día en discursos, conferencias y redes, reduce la
complejidad social a una épica binaria y le otorga al gobierno una licencia
narrativa: todo lo que hace, incluso lo que parecería contradictorio, se
justifica porque forma parte de una misión moral. En el terreno institucional
esto se traduce en un tipo de poder que se siente autorizado a actuar más allá
de los límites clásicos de la negociación democrática, porque se asume como
representante de un bien superior.
Lo que está ocurriendo, y la represión lo deja ver con nitidez,
es que la política mexicana está entrando en una fase donde la narrativa define
la práctica y no al revés. El poder ya no se legitima por su eficiencia, su
institucionalidad o su capacidad de construir consensos, sino por su habilidad
de imponer un relato dominante que explica, clasifica y anticipa la realidad.
Así, los actores políticos ya no compiten solo por votos o posiciones, sino por
quién establece el marco emocional que determinará qué se considera justo, qué
se considera traición y qué se considera necesario.
La reconfiguración del poder pasa entonces por un ajuste profundo
en la forma de hablar, nombrar y dramatizar el país. Morena entendió que en un
entorno donde la gente desconfía de casi todo, la palabra política vale más que
la estructura política. Por eso el proyecto se sostiene más por los
significantes que por los procedimientos: “transformación”, “pueblo”,
“oligarquía”, “traidores”, “resistencia”, “continuidad”. La narrativa crea
pertenencia, y la pertenencia crea obediencia. Y en ese círculo, la práctica de
gobierno se convierte en la ejecución material de una historia previamente
contada.
La represión, en este sentido, revela algo más profundo: el
momento en que una narrativa que nació como ruptura empieza a funcionar como
garantía del orden. Es el giro inevitable en todo movimiento que pasa de
insurgente a hegemónico: el relato de la rebelión se convierte en el relato del
mantenimiento del poder. La tensión entre ambos polos define el malestar
actual, especialmente cuando ocurre cercano a fechas cargadas de memoria
colectiva como el aniversario de la Revolución Mexicana.
Y es justamente aquí donde vale la pena recordar algo
fundamental: ninguna revolución triunfa solo por las armas o por los líderes
que la encabezaron; triunfa por la narrativa que consigue instalar en la
conciencia social. La Revolución Mexicana perdura no por las batallas que ganó
o perdió, sino porque construyó un mito nacional sobre justicia, tierra,
dignidad y renovación del orden. La narrativa es el alma de toda revolución,
pero también su prueba más dura: cuando un movimiento que se dice transformador
empieza a usar su propia narrativa como mecanismo de disciplina, corre el
riesgo de traicionar aquello que le dio legitimidad.
Quizá este sea el punto que más debería hacernos reflexionar hoy:
si la narrativa tiene la fuerza para desmontar regímenes completos, también
tiene la capacidad de justificar su permanencia a costa de las libertades que
dice proteger. El suceso del 15 de noviembre exhibe, de forma incómoda pero
necesaria, el momento en que un relato que se decía emancipador empieza a
vigilar las calles como cualquier otro poder establecido. Y es ahí, en el
contraste entre el mito revolucionario y la práctica del presente, donde los
ciudadanos debemos preguntarnos no solo qué país estamos observando, sino qué
historia estamos aceptando.
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