La Rebeldía Necrófila: Por qué Irlanda tiene raperos y nosotros sicarios

 

Cuando la rebeldía mata: Por qué la fiesta en Irlanda libera y en México nos desangra

Hay películas que sirven para pasar el rato y otras que funcionan como una cachetada. Kneecap (2024) es de las segundas y es un caso muy particular, pues es protagonizada por sus verdaderos personajes, siendo una película que retrata el surgimiento de un grupo de hip hop con toques de ficción. Si no la han visto, háganlo. Y no solo por la música o el ritmo frenético, véanla pensando en México. Porque lo que pasa en la pantalla, entre drogas y rap en un idioma antiguo, explica de una forma muy dolorosa por qué nosotros estamos perdiendo nuestra propia batalla cultural.

Hay un momento en la película muy potente. Están en concierto en un pub de Belfast, lleno de jóvenes, sudor y euforia. En el escenario, el grupo de hip-hop sella su estilo, pero el que da la nota final no es alguno de los raperos jóvenes, sino el DJ. Y el DJ resulta ser un maestro de música, alguien que debería estar revisando tareas y preparando su clase, pero que esa noche lleva una capucha tricolor. En el clímax del concierto, este maestro se baja los pantalones frente a todos y enseña dos palabras pintadas en las nalgas: "BRITS OUT" (Británicos Fuera).

Es vulgar, sí. Es ridículo, también. Pero viniendo de un profesor, es una genialidad política. En ese momento, defender su identidad deja de ser una clase aburrida de historia y se vuelve un acto de guerra punk. Ese maestro entiende algo que aquí hemos olvidado: una cultura que no se divierte, que no ofende y que no muerde, es una cultura muerta.

Ver a ese maestro con el culo al aire me generó una potente reflexión, en México tenemos el caos, la fiesta y la rebeldía contra la autoridad, pero hay una diferencia brutal: en Irlanda, esa rabia sirve para sacar al colonizador y unir a su gente; en México, esa misma energía nos está despedazando.

¿Por qué la rebeldía de ellos salva y la nuestra mata?

El problema de no tener a quién culpar

El gran acierto de la película es que tienen el objetivo clarísimo. El mensaje en las nalgas del maestro no deja lugar a dudas: hay un "ellos" (los ingleses) y un "nosotros" (los irlandeses). Su lucha es simple, es resistir.

En México, la cosa está mucho más enredada desde el origen. No podemos gritar "españoles fuera" porque el español es nuestra lengua y llevamos esa mezcla en la sangre. Somos hijos del sincretismo; el conquistador y el conquistado viven en el mismo cuerpo.

Durante décadas, el gobierno ha intentado tapar ese conflicto interno vendiéndonos la idea de las "bondades” del mestizaje. Nos llenaron de estatuas de bronce y museos para adorar a los indígenas del pasado, mientras se ha ignorado absolutamente a los del presente. Nos construyeron una identidad oficial acartonada, de ceremonia cívica, aburridísima para cualquier joven.

Y aquí es donde la puerca torció el rabo: nos quitaron el derecho a sentir esa furia tribal, nos dejaron sin un "enemigo" claro contra quien rebelarnos. Nos dejaron en una especie de orfandad, con un Estado que casi nunca está para cuidarte, pero que siempre está en el discurso de los políticos. Y como en política los vacíos no existen, alguien más llegó a ocupar ese lugar.

Quién se robó la rebeldía

Si analizamos México con los lentes de esta película, la conclusión asusta: el crimen organizado es el único que entendió el poder de la cultura pop.

El narco logró lo que el gobierno y los intelectuales no pudieron. Entendieron que los jóvenes sin futuro claro y con precariedades, no entiende su identidad mediante una estatua de museo; quiere sentirse vivo, quiere asumir riesgos y quiere pertenecer a algo.

  • Se inventaron su propia música (los corridos tumbados) que le pone ritmo a la vida al margen de la ley.
  • Crearon su propia moda (el estilo buchón), esa mezcla rara de marcas de lujo europeas con sombrero de rancho.
  • Crearon sus propios códigos y hasta sus propios "santos".

El narco es nuestra versión oscura de la resistencia irlandesa. Es una contracultura exitosa, pero de muerte. Mientras el maestro irlandés usa el insulto para defender a su comunidad y revivir su lengua, aquí la "narcocultura" usa el caos para imponer su ley a balazos contra la propia sociedad. Agarraron esa energía rebelde, el atractivo del dinero rápido y la necesidad de los chavos de ser alguien, y lo convirtieron en una industria.

¿Y ahora qué?

La película nos deja con una pregunta incómoda rebotando en la cabeza: ¿cómo construimos una identidad fuerte si no tenemos un enemigo externo?

Estamos atrapados. Por un lado, el "México oficial" que nos pide portarnos, “abrazar” a los delincuentes (abrazos no balazos) y respetar instituciones que no funcionan. Por el otro, el "México criminal", que es excitante y poderoso, pero que te cobra con sangre.

La lección de Kneecap no es que nos pongamos a drogar o a rapear, sino aprender a politizar la alegría y la rabia para construir algo, no para destruirnos. En Irlanda, la cultura pop es un escudo. En México, se volvió un arma que nos apunta a nosotros mismos.

El problema no es que nos falte identidad; nos sobra. El problema es que nuestra identidad más potente, la que realmente mueve a las masas hoy en día, fue secuestrada por los delincuentes. La gran duda es si somos capaces de inventarnos una tercera forma de ser mexicanos. Una que recupere el ingenio, la furia y el desmadre que nos caracteriza, pero para algo que no sea matarnos entre vecinos.

Tal vez la verdadera resistencia empiece el día que encontremos una forma de ser "cabrones" que sirva para vivir, y no para morir.

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