Política Ficción
El tren no
estaba hecho de acero y vidrio, sino de discursos.
Elías lo
supo en el instante en que puso un pie en el estribo. La pintura brillaba con
ese fervor patriótico que el Régimen usaba para todo, un color vivo que
prometía redención. "El Tren del Pueblo", decían los altavoces,
"construido con manos nuestras, para nuestra gente". Sara sonrió,
cautiva por la promesa de que, por fin, el gobierno les devolvía algo de todo
lo que les había quitado.
Pero debajo
de la pintura fresca, la realidad crujía.
Al
arrancar, Elías sintió la vibración. No era el pulso de una máquina potente,
sino el temblor de algo hueco. Era el sonido de los materiales baratos, del
cemento rebajado con arena para desviar fondos, de los pernos comprados al peso
en un mercado negro para inflar facturas. El tren no corría sobre rieles;
corría sobre la codicia de hombres que nunca se subirían a él.
El
accidente no fue una tragedia; fue una consecuencia.
Ocurrió en
una curva que los ingenieros habían marcado como peligrosa y que los políticos
marcaron como "inaugurable". La física no entiende de demagogia. El
metal fatigado cedió. El mundo se invirtió con un estruendo seco, como el de
una mentira que se rompe por su propio peso.
El silencio
que siguió fue espeso. Elías despertó entre los restos de la propaganda. Un
cartel que decía Transporte digno para el pueblo estaba atravesado por
una viga retorcida. Buscó a Sara. La encontró viva, pero rota, respirando con
dificultad en la penumbra de un vagón que ahora parecía una tumba abierta.
Nadie llegó
a salvarlos. Llegaron a contarlos.
Hombres con
chalecos institucionales bajaron por la ladera. No traían camillas, traían
formularios. Se movían con la calma ofensiva de quien ya conoce el guion.
Elías, arrastrándose, interceptó a uno.
—Mi
esposa... se muere. Necesitamos una ambulancia. El gobierno... ustedes
prometieron darnos servicios de primer mundo.
El
funcionario lo miró desde arriba. En sus ojos no había sensibilidad, había una
expresión de indiferencia infinita.
—No hay
ambulancias asignadas a este tramo —dijo el hombre, con una voz suave, casi
pedagógica—. El presupuesto de emergencias se reasignó a la campaña de
publicidad de la inauguración.
—¿Qué dice?
—Elías sintió que el frío le llegaba a los huesos—. Dijeron que este tren era
lo mejor del mundo. Dijeron que era nuestro, del pueblo.
El
funcionario se agachó, sin mancharse las rodillas.
—Y es suyo,
Elías. Esa es la trampa. Cuando algo es "del pueblo", no es de nadie.
No hay responsable.
El hombre
señaló los restos del tren con un gesto vago.
—Se ahorró
en el acero. Se ahorró en los estudios de suelo. Se ahorró en los frenos. Ese
dinero no desapareció; se transformó en casas de playa y cuentas en el
extranjero para quienes cortaron el listón. Ustedes no son pasajeros, Elías.
Son el costo operativo. Son el sacrificio necesario para que la foto del
Presidente saliera perfecta en los periódicos de ayer.
Elías miró
a Sara, cuya respiración se apagaba. La impotencia era un sabor metálico en la
boca.
—Tienen que
ayudarnos. Somos ciudadanos.
El
funcionario sacó una tableta.
—Lo que
tengo para usted es un "Apoyo Solidario". Una pequeña suma a cambio
de su silencio. Es más barato pagar su funeral que arreglar las vías. Esa es la
verdadera austeridad: saber exactamente cuánto vale la vida de un pobre y no pagar
ni un centavo más.
Le tendió
el dispositivo para que firmara.
—Firme,
Elías. O quédese aquí gritándole a un Estado que es sordo porque se tapó los
oídos con su dinero.
Elías miró
la pantalla brillante. Entendió entonces la naturaleza atroz de la corrupción.
No era solo el robo de monedas; era el robo del futuro. Habían construido una
ruina, la habían pintado de esperanza y los habían invitado a morir en ella,
aplaudidos por la multitud.
Tomó el lápiz. No firmó su nombre. Firmó la confirmación de que, para el poder, su dolor no era una tragedia, sino un simple trámite administrativo.
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