La paradoja de la rabia: cuando la protesta contra la violencia adopta su lenguaje
Cada año, cuando
llega el Día Internacional de la Mujer,
las ciudades cambian de rostro. Miles de mujeres salen a las calles para
denunciar una realidad que durante demasiado tiempo permaneció invisibilizada:
la violencia, el miedo cotidiano, las historias de abuso que durante
generaciones se dijeron en voz baja o simplemente no se dijeron. En ese
contexto, la marcha del 8M se ha convertido en uno de los momentos más
poderosos de expresión colectiva en nuestras sociedades.
Pero junto a esa fuerza legítima aparece también una escena que
provoca una incomodidad difícil de expresar. Monumentos cubiertos de pintura,
muros llenos de consignas, edificios institucionales intervenidos con aerosol.
La protesta deja marcas en la ciudad. Y entonces surge una pregunta que muchas
personas sienten, aunque pocas se atreven a formular con calma: ¿qué significa
que una movilización contra la violencia recurra a una forma de violencia
simbólica para hacerse visible?
La reacción pública suele dividirse rápidamente. Hay quienes ven
en estas acciones un simple vandalismo que daña la legitimidad de la causa.
Otros las defienden como un gesto necesario, incluso inevitable, frente a una
violencia estructural que durante demasiado tiempo fue ignorada. Sin embargo,
la discusión suele quedarse en ese intercambio de acusaciones y
justificaciones, sin detenerse en algo más profundo: lo que está ocurriendo no
es solamente una disputa sobre orden público o patrimonio urbano. Es una
disputa sobre el significado mismo de la protesta.
Las ciudades no son únicamente espacios físicos. También son
narraciones. En sus monumentos, sus edificios históricos, sus plazas y sus
calles se encuentra una memoria colectiva que cuenta quiénes han tenido voz y
quiénes han sido relegados al silencio. Cuando esos símbolos se intervienen con
pintura o consignas, no se está dañando solo una pared. Se está interrumpiendo
una narrativa. El espacio público deja de ser neutro y se convierte en
escenario de un conflicto.
Desde la sociología, pensadores como Pierre Bourdieu señalaron que muchas formas de
dominación operan precisamente en ese nivel simbólico. Las jerarquías sociales
no se sostienen únicamente mediante leyes o coerción directa; también se
reproducen a través de símbolos, costumbres y representaciones que parecen
naturales. Vista desde esa perspectiva, la intervención del espacio urbano
durante una protesta puede interpretarse como una forma de ruptura con esa
normalidad simbólica: una manera de decir que la ciudad que habitamos también
está atravesada por desigualdades que durante demasiado tiempo se consideraron
invisibles.
Pero reconocer esta dimensión simbólica no elimina la incomodidad
moral que estas acciones generan. Porque incluso cuando se ejerce sobre objetos
y no sobre personas, la violencia sigue siendo violencia. El problema no es
solo estético. Es también ético. La filósofa Hannah
Arendt advertía que la violencia aparece con frecuencia cuando el poder
político —entendido como la capacidad de actuar juntos— se debilita o se
frustra. Bajo esa mirada, la vandalización del espacio público puede
interpretarse como el síntoma de una frustración colectiva profunda: la
sensación de que durante demasiado tiempo la sociedad no escuchó.
Esa frustración tiene razones reales. La violencia contra las
mujeres no es una abstracción académica ni una exageración ideológica. Es una
experiencia concreta que atraviesa vidas, familias y comunidades. Para muchas
mujeres, la marcha del 8M no es un ritual político más, sino un momento de
expresión de una rabia acumulada durante años. Y la rabia, cuando se vuelve
colectiva, busca formas visibles de manifestarse. Pintar un muro, marcar una
fachada, intervenir un monumento puede convertirse en una manera de inscribir
esa rabia en el paisaje de la ciudad.
Sin embargo, toda forma de protesta enfrenta un dilema
inevitable. La indignación puede ser un motor poderoso para denunciar una
injusticia, pero también puede alterar la manera en que esa denuncia es
percibida por los demás. Cuando la protesta se expresa mediante la alteración
violenta del entorno urbano, el debate público suele desplazarse. Lo que
comenzó como una discusión sobre la violencia de género termina girando en
torno a los métodos de la protesta. La atención se mueve del problema hacia el
gesto.
Y en ese desplazamiento aparece una paradoja que merece ser
pensada con más cuidado. El grafiti y la vandalización durante estas marchas no
son simplemente excesos aislados ni tampoco actos revolucionarios en sí mismos.
Son, ante todo, una forma de lenguaje político. Un lenguaje que busca sacudir,
provocar, incomodar. El problema es que ese lenguaje tiene un significado
ambiguo.
Para quienes participan en la protesta, la pintura sobre un
monumento puede representar una afirmación de dignidad frente a una historia de
silencios. Para quienes observan desde fuera, puede percibirse como una
agresión al espacio común que debilita la causa que pretende defender. Ambas
percepciones coexisten en la misma escena.
Tal vez por eso la pregunta importante no es si esas acciones son
justificables o condenables. La discusión moral sobre el vandalismo, aunque
necesaria, no agota el problema. La pregunta más profunda es otra: qué tipo de
lenguaje necesita una sociedad para denunciar la violencia sin quedar atrapada
en ella.
Las grandes transformaciones sociales siempre han requerido
momentos de ruptura con la normalidad. Sin perturbación, muchas injusticias
simplemente permanecen invisibles. Pero también es cierto que las causas que
logran transformar la sociedad suelen hacerlo no solo por la intensidad de su
indignación, sino por su capacidad de persuadir a quienes aún no comparten
plenamente su visión.
La protesta, en ese sentido, no solo expresa una verdad. También
construye un puente hacia los demás.
Quizá ahí se encuentre el verdadero desafío que revela la ciudad
después de una marcha del 8M. Sus muros pintados, sus monumentos marcados, sus
consignas grabadas en las paredes no son únicamente señales de vandalismo ni
simples gestos de rebeldía. Son el reflejo de una conversación social todavía
abierta sobre cómo nombrar la violencia y cómo enfrentarla.
Y tal vez la pregunta
más difícil —pero también la más necesaria— sea esta: si el objetivo es
construir una sociedad menos violenta, ¿qué formas de protesta nos acercan
realmente a ese horizonte y cuáles, sin quererlo, pueden alejarnos de él?
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