El espejo roto

 Sobre el rumor, la máscara y lo que una sociedad revela cuando se afana en destruir

El rumor que en estos días circula sobre Carlos Monsiváis y Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no es, en su esencia, una historia sobre la intimidad de dos hombres. Es, en el fondo, un espejo de nosotros mismos; sobre lo que queremos creer, sobre lo que necesitamos destruir, y sobre la peculiar manera en que la cultura política mexicana convierte la insinuación sexual en argumento político.

Vale detenerse un momento en los hechos, no para agotar el tema en la verificación —que corresponde a otros— sino para no perder el piso: la familia de Carlos Monsiváis desmintió categóricamente que el fragmento atribuido al cronista corresponda a algo que él haya dicho. Lo negaron con nombre, apellido y argumentos; el estilo no es suyo, la cronología no cierra, y el hecho en cuestión —que AMLO hubiera vivido en casa del escritor cuando tenía diecinueve años— es, a su decir, falso. Por un lado, dos personas en el silencio, una en retiro por voluntad propia y otra por ausencia física que no puede desmentir nada. Por el otro, un fragmento sin cadena de custodia documental clara. En ese vacío, muchas personas hicieron lo que saben hacer muy bien: llenarlo de fantasía y asumirlo como una verdad.

Pero lo que nos interesa aquí no es el fallo periodístico, que lo hubo y merece su propio expediente aparte. Lo que nos interesa es la velocidad y el entusiasmo con que la insinuación fue recibida, procesada y redistribuida. Porque en ese entusiasmo hay una revelación que el análisis político no puede darse el lujo de ignorar.

I. La máscara como sistema

Carlos Castillo Peraza —ese político y filosofo yucateco que tenía la gran virtud de pensar antes de hablar— insistía en que la democracia no es solo un procedimiento electoral sino una cultura, un modo de relacionarse que empieza por el respeto al adversario como persona. No el respeto al adversario como categoría abstracta: a la persona concreta, con su historia, su cuerpo, sus contradicciones. Ese respeto, decía, era la condición básica y elemental de la posibilidad para que tuviera lugar cualquier deliberación seria. Sin él, la política se convierte en guerra de exterminio simbólico, y la guerra de exterminio simbólico es la antesala de otro tipo de enfrentamientos.

Lo que el episodio Monsiváis-AMLO revela, bajo esta consideración, es que México no ha salido de esa guerra de exterminio simbólico. La ha perfeccionado y amplificado ahora con el megáfono de las redes sociales en el mundo digital. Pero en su lógica profunda es la misma operación que describía Octavio Paz en El laberinto de la soledad cuando hablaba del mexicano que se protege con una máscara y ataca la máscara del otro, porque arrancarle la máscara a alguien es dejarlo sin defensa, es reducirlo a su cuerpo, a su vulnerabilidad, a aquello que la decencia pública le pide que mantenga oculto.

La insinuación sexual y la calumnia como arma política tiene en México una genealogía larga y vergonzosa. Antes de AMLO, fue con Felipe Calderón. Antes de Calderón fue Fox. Antes de Fox fue Salinas. El método no cambia: si no puedes derrotar al adversario en el argumento, derríbalo en la alcoba. Si no puedes contradecir su política, contradice su cuerpo. Es una forma de disputa que renuncia al debate mismo: que admite implícitamente su propia incapacidad para rebatir lo que el otro hizo o dijo, y elige en cambio el golpe bajo, el cuchillo corto, la insinuación que no puede refutarse porque nunca se formuló como proposición verificable. Y aquí es donde se vuelve revelador porque funciona y eso es lo que habría que explicar.

II. El placer de la caída

Monsiváis —el Monsiváis real, el que vivió entre gatos y libros en la colonia Portales de la Ciudad de México y convirtió la crónica en filosofía popular— tenía una tesis que nunca formuló sistemáticamente pero que aparece en toda su obra: la cultura popular mexicana no es un reflejo inocente de la sociedad, sino el laboratorio donde la sociedad procesa sus tensiones sin resolverlas. La fiesta, el melodrama, el escándalo, el chisme no son distracciones del conflicto social, son sus formas de expresión más honestas.

En ese marco, la viralización del rumor sobre AMLO no es un accidente ni una anomalía. Es un síntoma. Y los síntomas se leen, no se descartan.

Lo primero que el síntoma dice es que el odio político en México está más presente de lo que podríamos pensar. Después de seis años de una polarización sostenida con la intensidad de una corriente eléctrica, el sector que perdió —que se sintió ignorado, aplastado, ridiculizado, que vio cómo las instituciones de un país eran transformadas bajo ideologías y prácticas políticas que no compartían y además su mundo simbólico era puesto en cuestión— necesitaba una expiación que la política formal no le ofrece. Las elecciones pasaron. Morena ganó. López Obrador se fue al retiro con una aprobación altísima. No hay tribunal en México que condene, no hay comisión de la verdad que dictamine, no hay escena de rendición de cuentas que satisfaga esa necesidad. Entonces aparece el rumor, y el rumor hace lo que la política no pudo: derrumba al ídolo; lo hace caer desde dentro. Lo humilla en aquello que, en la cultura del machismo político mexicano, se considera más íntimo y más vergonzoso.

Esto no pretende ser un juicio y señalamiento moral sobre quienes replicaron el rumor. Es, simple y sencillamente, un diagnóstico. La gente que lo compartió con entusiasmo no estaba, en su mayoría, perpetrando conscientemente una calumnia. Estaba satisfaciendo una necesidad emocional muy real: la necesidad de que el mundo tuviera sentido, de que el poder que los derrotó política y electoralmente tuviera un origen sucio y tuviera un precio oculto. El rumor les daba exactamente eso. Y lo hacía con la autoridad adicional de dos figuras, Monsiváis y AMLO, cuya sola conjunción producía el vértigo del símbolo.

III. La homosexualidad como insulto: lo que eso revela de quienes insultan

Aquí hay que detenerse, porque hay una paradoja que debe explicarse. Una parte considerable de quienes lo viralizaron son perfiles que hablan de respeto a la libertad, a la diversidad sexual y que exigen democracia y, sin embargo, usaron la insinuación de homosexualidad como un arma de destrucción. No como dato neutral, como arma, como deshonra y como el último recurso de los adversarios que han agotado su arsenal de argumentos para convencer a los demás de sus ideas.

Lo que eso revela no es hipocresía en el sentido ordinario del término —aunque también lo sea— sino algo más profundo: que el discurso del respeto a la libertad y la diversidad sexual no ha penetrado todavía en el inconsciente político de amplios sectores de la sociedad mexicana. Que se usa como bandera de identidad sin haberse convertido en convicción real. Que en el fondo, para muchos de quienes lo enarbolan, la homosexualidad sigue siendo una condición que degrada, que ensucia, que convierte al hombre en menos hombre según los cánones del viejo orden patriarcal. Por eso sirve como insulto y funciona como arma.

Castillo Peraza habría señalado —con aquella precisión quirúrgica que lo distinguía— que una democracia que no ha internalizado el principio de la dignidad de la persona no puede florecer, por mucho que llene su vocabulario de términos progresistas. La democracia no es un léxico. Es una práctica y la práctica aquí fue la instrumentalización de la identidad sexual de Carlos Monsiváis —un hombre que eligió mantener esa dimensión de su vida en el ámbito privado, y cuya familia tuvo que salir a defender su memoria de manera pública— como proyectil político contra su adversario. Es una violencia doble: contra el muerto y contra el vivo. Y es reveladora de una cultura que todavía no ha resuelto sus contradicciones más básicas.

IV. El muerto como ventrílocuo

Hay algo que el episodio hace con Carlos Monsiváis que merece una consideración aparte, porque trasciende la coyuntura política. Lo convierte en un ventrílocuo, le pone en la boca palabras que su familia dice que nunca pronunció, en un estilo que —según quienes lo conocieron de cerca— no es el suyo, sobre hechos que —según la cronología conocida— no pudieron haber ocurrido. Y lo hace con la total impunidad que confiere la muerte.

Monsiváis fue, entre otras muchas cosas, el cronista más agudo que tuvo México en la segunda mitad del siglo veinte. Fue alguien que dedicó su vida entera a desmontar exactamente el tipo de operación que se está realizando con su nombre: la conversión del símbolo en mercancía, del personaje público en pantalla de proyección de los miedos y deseos ajenos. Hay una ironía terrible en que el instrumento que se usa para atacar a un político de izquierda sea el cadáver intelectual de quien fue, acaso, el más crítico de ese tipo de operaciones.

Pero no es casual. Los muertos son perfectos precisamente porque no pueden contradecir. Y cuanto más grande es el muerto —cuanto más prestigioso es el nombre— más efectivo es su uso como proyectil. Monsiváis tenía esa estatura por eso fue elegido. Por eso su nombre circuló en titulares que habrían hecho que el propio Monsiváis escribiera una crónica demoledora sobre el episodio, con esa prosa suya donde la ironía funcionaba como elemento de reflexión. Es un destino, al parecer, reservado para quienes tuvieron la fortuna de ser brillantes y ya muertos son usados sin respeto alguno. La cultura política mexicana no tiene piedad con sus muertos ilustres: los saquea.

V. Lo que la sociedad busca cuando no puede deliberar

Los rumores, como las enfermedades, tienen epidemiología. No se dispersan al azar, se dispersan donde hay condiciones que los facilitan. México atraviesa un momento de transición política que está produciendo, en sectores importantes de su opinión pública, una angustia difusa. El ciclo de López Obrador terminó sin que sus críticos pudieran imponerle el costo político que esperaban. La sucesión fue consumada y el proyecto, a pesar de los problemas que enfrenta, continúa. Sin embargo, hay algo que no se ha cerrado, algo que quedó abierto en el ánimo de millones de mexicanos que se sintieron, durante muchos años, del lado perdedor de la historia y ese algo necesita una salida.

En ausencia de una oposición política articulada, de posiciones políticas polarizadas y en ausencia de instituciones que ofrezcan el espacio para procesar el conflicto, el escándalo ocupa ese lugar. Es el sucedáneo de la deliberación. Es la catarsis que la política formal no ofrece. No resuelve nada porque mañana AMLO y Monsivais seguirán siendo quienes fueron, el legado de uno y del otro seguirá siendo objeto de disputa pero el suceso produce una satisfacción inmediata, visceral, que tiene más que ver con la emoción que con el argumento.

Esto no es un fenómeno exclusivamente mexicano. Es la política del siglo veintiuno en su versión más cruda: la sustitución del debate por el golpe, de la proposición por la insinuación, del argumento por el meme. Pero en México tiene una textura particular, modelada por décadas de cultura política donde el cuerpo del gobernante fue siempre un territorio simbólico disputado, donde la virilidad y la corrupción y el poder se entretejieron de maneras que Octavio Paz y Samuel Ramos, e incluso el propio Monsiváis, describieron con mayor precisión de la que sus herederos están dispuestos a reconocer.

VI. El diagnóstico y sus consecuencias

Si el análisis anterior es correcto, el episodio Monsiváis-AMLO no es fundamentalmente un problema de desinformación. Es un problema de cultura política. Y los problemas de cultura política no se resuelven con una verificación de hechos, aunque ello sea necesario. Se resuelven —si es que se resuelven— con algo mucho más lento y más difícil: la construcción de una práctica democrática que coloque la dignidad de la persona por encima de la conveniencia de la trinchera.

Castillo Peraza, hombre de ideas y grandes reflexiones, entendía que la democracia es un proyecto moral antes que un proyecto técnico. Que sin esa dimensión moral —sin el reconocimiento del otro como persona, sin la voluntad de disputar en el argumento antes que en el insulto— la democracia es solo un procedimiento vacío, una formalidad que encubre las mismas viejas relaciones de poder con una vestimenta nueva.

Por ello, lo que el episodio viral revela, es que México tiene pendiente todavía la construcción de esa cultura. Que el debate político, en vastos sectores de su ecosistema mediático y de redes, sigue operando con las herramientas del pasado: el rumor, la calumnia, la insinuación, la degradación personal como sustituto del argumento. Y eso no es imputable a ninguna tribu política en particular, porque en todas las trincheras el método es el mismo, solo cambian las víctimas y los victimarios según el turno del calendario.

Monsiváis —otra vez el Monsiváis real, — decía que México no se puede entender sin su cultura popular, pero tampoco se puede quedar atrapado en ella. Que la tradición no es un destino sino un punto de partida. Que la crónica no existe para celebrar lo que somos sino para obligarnos a vernos, por lo que debemos de entender este episodio como un espejo en el que debemos mirarnos. No en el fragmento apócrifo, que probablemente no dice nada verdadero sobre ninguno de los dos hombres que involucra sino en nuestra propia reacción ante él. En la velocidad con que lo compartimos y en el placer que sentimos al hacerlo.

Y ahí, en ese reflejo, está todo lo que necesitamos saber sobre el estado de nuestra conversación pública y sobre la distancia que todavía nos separa de la democracia y libertad que decimos querer y por la que muchos, en sus narrativas, dicen luchar.

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