La batalla por la memoria. ¿Por qué la narrativa del poder resulta inexpugnable?
El día sábado 12 de septiembre de 2026, Claudia
Sheinbaum Pardo tuvo una gira de trabajo en la península de Yucatán, y como
parte de su agenda, rindió un informe de su gestión en el Centro de Convenciones
Siglo XXI en la ciudad de Mérida. Aquel evento, sirve como una muestra de la
utilización del poder de su discurso político; si se analiza como una muestra de
su narrativa, deja muy claro el poder de ésta y como resulta ser un elemento importantísimo
de su proyección y aceptación como figura pública.
Al respecto, cabe señalar que existe una
equivocación recurrente al intentar explicar la alta aceptación de Claudia
Sheinbaum: reducir la simpatía popular al simple reparto de recursos
presupuestales. Quien contempla la política únicamente a través de la fría
analítica de las finanzas públicas olvida que el poder no solo se ejecuta, sino
que se interpreta y se siente. La verdadera solidez del discurso de la
presidenta no estriba en la enumeración técnica de obras o cifras, sino en su
habilidad para adueñarse de un territorio donde sus adversarios ni siquiera
saben cómo competir: el de la dignidad, la identidad y la memoria histórica.
Durante sus intervenciones
públicas, la mandataria no habla como una administradora que rinde cuentas ante
un auditorio neutral, sino como la ejecutora de una misión moral de largo
alcance. En el caso que nos ocupa como ejemplo de su visita a tierras del Mayab,
hábilmente logra hilar las luchas anticoloniales de Jacinto Canek y el
agrarismo de Felipe Carrillo Puerto con la entrega de programas sociales en el
presente, su relato eleva la gestión gubernamental a la categoría de épica de
reparación. De este modo, los apoyos económicos dejan de ser percibidos como
subsidios estatales para convertirse en "amor al pueblo traducido en derechos" (expresión
utilizada por Sheinbaum). Con esta operación simbólica, la narrativa oficial
remueve la conversación del terreno de la eficiencia operativa y la traslada al
de la restitución histórica.
Ahí es donde radica la
parálisis de sus adversarios. La oposición insiste en dar la batalla en una
cancha que resulta incapaz de conmover al electorado: la del rigor
macroeconómico, la alerta institucional, el diagnóstico tecnocrático o la
defensa de una democracia como mecanismo de elección y no desde su
entendimiento cultural en la vida cotidiana. Es como intentar desmontar un mito
colectivo mediante una tabla de Excel, lo cual, resulta ser un ejercicio
estéril. Mientras el discurso opositor vacila e insinúa que las transferencias
económicas son puras herramientas clientelares, el gobierno responde nombrando
a los adultos mayores como "héroes
de la patria" o validando socialmente el trabajo de cuidados de las
mujeres. La narrativa oficial otorga prestigio y sentido de pertenencia; la
crítica opositora suele ser percibida como desdén o incomprensión de la
realidad popular.
El poder se gana y se retiene
en los campos que la oposición ha abandonado por completo. La hegemonía
política del régimen no se sostiene únicamente sobre el aparato estatal, sino
sobre la construcción de un sentido común donde la gente se reconoce. Mientras
los críticos del gobierno carezcan de las herramientas culturales y la
sensibilidad para disputar la noción de justicia social con un relato propio,
cualquier intento de contrapeso se estrellará contra un discurso que ya es
dueño del imaginario colectivo. Y ahí está de antemano la derrota de la oposición
en México, que como Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada, todos
percibimos o sabemos ya la muerte electoral de la oposición, aunque ellos aun, lamentablemente
parecen ignorarlo.
Para salir de esta condición política, la
oposición enfrenta una urgencia impostergable: la renovación radical de su
discurso y su narrativa. No se puede desarmar una historia de redención social
únicamente con auditorías y advertencias sobre el déficit; para hacer frente al
relato oficialista, es estrictamente necesario utilizar sus mismas
herramientas. Esto significa aprender a disputar el poder en el terreno de los
símbolos, los afectos y la identidad. Si el oficialismo ha monopolizado la
noción de justicia social, la oposición está obligada a articular su propia
épica, una que ofrezca un horizonte de futuro vibrante y no suene a simple
nostalgia por un modelo agotado. Solo cuando logren construir un relato propio
que conecte emocionalmente con las aspiraciones profundas de la sociedad,
estarán en condiciones reales de competir y recuperar el terreno que hoy luce
inexpugnable.
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